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El diagnóstico

By on feb 12, 2014 in crohn | 0 comments

A mi me diagnosticaron la enfermedad cuando tenía sólo 21 añitos, de eso hace ya más de 16. Contrariamente a lo que dice la estadística, a mi la enfermedad me la diagnosticaron metiéndome un tubo muy largo por la boca, después de que mi médico de cabecera  sospechase que podía tener unas úlceras de duodeno (Yo tenía la certeza de que tenía algo roto en algún punto de mi abdomen porque me dolía horrores  justo antes y después de comer y mi médico fue el que convirtió mi certeza –me duele– en una sospecha clínica:  lo de las úlceras y el duodeno)

Yo en aquella época dependía de la cobertura santiaria de mi padre y él era funcionario de Muface así que conseguir hora para la endoscopia fue relativamente fácil y la endoscopia… Bueno, ya dedicaré un episodio a los placeres de las endoscopias superior e inferior pero puedo adelantar sin temor a equivocarme que la obsesión que tenemos los varones heterosexuales con nuestra virginidad anal está absolutamente injustificada. Resulta mucho más angustioso que te metan metro y medio de manguera por la garganta que por el culo, entre otras cosas porque resulta que no respiramos por el culo y, por lo tanto, la sensación de ahogo es mucho más acusada en el primer caso.

Nada más salir de la endoscopia -y cuando digo nada más salir me refiero a que yo me estaba limpiando aún la baba que me caía con una servilleta XXL- los dos médicos nos sentaron a una mesa a mi padre y a mi y nos anunciaron muy serios que tenía “lesiones en forma de empedrado” y que eso, descartada la ingesta masiva de medicamentos agresivos para el duodeno,  solía ser por una enfermedad de Crohn.

Yo en ese momento no sabía ni cómo se deletreaba Crohn pero la cara de los tipos era tan profesional que no supe evaluar si la gravedad era comparable a perder tus dos piernas de golpe o más bien a ser aficionado a la copla y cantar en la bañera.

Unas horas más tarde hablaría con la otra protagonista involuntaria de este blog -mi tía, médico de familia en Sevilla y a la que no identificaré por motivos obvios- y su voz no me dejaba lugar a dudas. Estaba preocupada.  Llegados a este punto, aclararé que, si le hiciesen un Holster a mi pobre tía, le subiría 6 puntos la tensión cada vez que suena el móvil y  el nombre de algún miembro de la familia aparece en la pantallita porque, invariablemente, somos sus pacientes más recidivantes y plastas. Cuando no nos rompemos un tendón impronunciable del hombro, nos cogemos un tumor, una enfermedad inflamtoria intestinal, nos sale algo en la vesícula o nos ponemos a convulsionar en pleno acto sexual. (Verídico).

Fue entonces cuando me enteré de lo que era la enfermedad de Crohn. Y también de que era una enfermedad grave.”No mortal, pero grave”. Cuando te dicen que algo no es mortal, suspiras aliviado y cuando te dicen que es grave, tu ojete vuelve a cerrarse con fuerza suficiente como para comprimir el huevo cósmico y dar comienzo a un nuevo universo.  Es el poder de las palabras. Los buenos médicos entienden perfectamente el poder de las palabras y mi tía es la mejor médico del mundo así que yo sabía perfectamente que esas palabras estaban perfectamente escogidas y me estaba diciendo: “No es para que te entre pánico pero, a partir de ahora, gilipolleces, las justas”.

Unos días después, el departamento de anatomía patológica confirmó el diagnóstico y mi médico de cabecera me derivó a una especialista de digestivo que me explicó mi situación a partir de entonces. Nada de beber, nada de fumar, medicación para controlar la enfermedad y siempre pendiente de tu tránsito digestivo.  ¿No era para tanto, no?

Bueno…

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