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	<title>Blog &#187; Relatos de cine</title>
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	<description>Jaime Bartolomé</description>
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		<title>Tormenta inalámbrica</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2020 08:48:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Al desenvolver su bocadillo, Dani no pudo evitar pensar que, en el fondo, la inmobiliaria sería muy grande pero el bocadillo era de mortadela. De fondo, se escuchaba a los actores y actrices conversar unos con otros, mientras la dentadura de Dani se esforzaba por superar el límite elástico de un pan que había conocido tiempos mejores.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando llegó la hora del bocadillo, Dani miró por última vez a través del monitor de la cámara tres a Marta. Definitivamente, esa chica tenía algo especial. No era sólo que fuese buena actriz –que lo era– sino que además era inteligente, divertida y asumía con filosofía y entereza que iban a pasar la semana entera encerrados rodando una <i>sitcom </i>para una inmobiliaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A Dani, encerrado en el control de realización y a los mandos del mezclador durante lo que sin duda iba a ser una larguísima jornada, se le ocurrió que la mejor estrategia posible para evitar que se le notase lo mucho que le gustaba Marta era quedarse a solas en el control de realización.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por eso decidió coger su bocadillo y encerrarse a solas, para así permitir que su cabeza se despejase del infierno que habían sido las primeras tres horas de grabación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aquello era sólo un capítulo de una sitcom grabada para una gran inmobiliaria pero el director se comportaba como si estuviesen todos rodando la próxima candidata a los Oscar. Los actores y actrices estaban estresadísimos –incapaces de entender por qué el director chillaba tanto mientras ellos interpretaban un texto insulso que sólo pretendía formar a los empleados del banco en la forma correcta de desalojar okupas de sus preciosos inmuebles– y se miraban unos a otros con la incredulidad que da saber que, aunque te están pagando por tu trabajo, nadie te está pagando tanto como para aguantar un imbécil.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al desenvolver su bocadillo, Dani no pudo evitar pensar que, en el fondo, la inmobiliaria sería muy grande pero el bocadillo era de mortadela. De fondo, se escuchaba a los actores y actrices conversar unos con otros, mientras la dentadura de Dani se esforzaba por superar el límite elástico de un pan que había conocido tiempos mejores. Sonido había dejado los micrófonos inalámbricos que llevaba cada actor encendidos y, a través de los altavoces, llegaba un suave murmullo de conversaciones que ayudaba a Dani a olvidar que aún le quedaban otras siete horas de trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De repente, ese murmullo se vio interrumpido por un sonido inconfundible y Dani tuvo que dejar de masticar. Una flatulencia se había colado de forma clara en medio de aquellas conversaciones. No era una flatulencia ligera, liviana, un gasecito producto de alguna combinación inadecuada de bacterias. No. Aquello era un terremoto gástrico; una conmoción gasesosa producto de la descomposición durante horas de varios kilos de alimentos en el interior; quien sabe si el síntoma de una enfermedad gravísima, seguramente mortal, que trataba de manifestarse a través de la acumulación excesiva de metano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani dejo el bocadillo sobre la mesa de realización y a la flatulencia le siguió otra. Y otra más, cada una mayor que la anterior. Y muy pronto el sonido inconfundible de las deposiciones al caer en el agua del inodoro. No había duda. Alguno de los actores había ido al baño y había olvidado quitarse el micrófono inalámbrico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani sabía lo que tenía que hacer. Se levantó, se sentó frente al mezclador de sonido y empezó a bajar uno a uno los faders de la mesa de mezclas, cada canal etiquetado con mimo con el nombre de un miembro del reparto. Antonio. Fuera. Marcos. Fuera. Tania. Fuera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A medida que Dani iba bajando los faders, los ruidos iban empeorando. Aquello era una diarrea monumental, casi apocalíptica. Lo que estaba escuchando Dani era el intento de un intestino por suicidarse dentro de la taza de un inodoro; la bomba de Hiroshima de las disbiosis bacterianas; la versión intestinal de la erupción del Karakatoa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, el rugido del apocalipsis intestinal acompañó a Dani durante los treinta segundos largos que tardó en bajar los ocho faders de la mesa. Porque el azar quiso que la titular del micrófono indiscreto estuviese la última de la lista de faders y, puestos a jugar con la casualidad, la caprichosa diosa fortuna quiso que se tratase de Marta.</p>
<p><a href="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2020/05/Depositphotos_199658422_xl-20151.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-270" alt="Sonido directo cine" src="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2020/05/Depositphotos_199658422_xl-20151.jpg" width="1200" height="800" /></a></p>
<p>Aquello no cambiaba para nada sus sentimientos hacia Marta –al fin y al cabo, Dani tenía una edad y asumía con naturalidad que todos los organismos vivos, de una forma u otra, excretan los nutrientes no aprovechables fuera de su organismo. La duda que asaltaba a Dani era: «¿Debía contárselo algún día? ¿Quizás dentro de muchos años, cuando tengamos nietos y bisnietos?»</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani bajó el último fader justo a tiempo de ver entrar por la puerta a su compañero Carlos que le preguntó –¿Qué? ¿Qué tal el bocata?</p>
<p>–Nada, me lo he dejado a medias. No tengo hambre –mintió Dani.</p>
<p>–Debes ser el único, tío.</p>
<p>–Ya ves. Soy así de raro. ¿Lo quieres?</p>
<p>Carlos ni siquiera se dio tiempo a sí mismo para responder y se limitó a agarrar el resto chicloso de bocadillo y metérselo en la boca como si fuese el último resto de comida disponible sobre la tierra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y los dos se quedaron mirándose en silencio. Dani, satisfecho por haber salvado la honra de su actriz favorita; Carlos ignorante de que, con un leve movimiento de su dedo índice, Dani le podía dejar sin hambre para las próximas cuatro horas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Otra vez</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2019 17:32:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Guillermo sabía que esa era la semana ideal para terminar de escribir su tercer largometraje y tenía que aprovecharla al 100%. Por eso, sentado frente al ordenador, se sintió levemente molesto al darse cuenta de que no se había acordado de poner el lavavajillas la noche anterior. «No pasa nada. Me levanto, lo pongo y a currar», se autojustificó.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Al fin había conseguido despejarse su agenda para poder dedicar una semana entera a escribir. «Nada de reuniones improductivas que no conducen a nada», se dijo a sí mismo Guillermo, «Esta semana la tengo que dedicar a cerrar la v1 de <i>Amanecer en Las Hurdes</i>. Sin excusas». Y, definitivamente, había conseguido que todo estuviese dispuesto para trabajar: el portátil actualizado y en plena forma; las tarjetitas Din-A6 con el resumen de cada secuencia perfectamente ordenadas en el tablón de corcho; siete tacos idénticos de post-it de colores para introducir variaciones en la trama «porque siempre se me ocurre algo sobre la marcha» y, lo más importante de todo, su mujer y sus hijos lejos de allí, en el apartamento de La Albufereta, donde no pudiesen tentarle con salidas a cenar pizza, aventuras en el parque o una escapadita al cine a ver la última de Pixar.</p>
<p>Guillermo sabía que esa era la semana ideal para terminar de escribir su tercer largometraje y tenía que aprovecharla al 100%. Por eso, sentado frente al ordenador, se sintió levemente molesto al darse cuenta de que no se había acordado de poner el lavavajillas la noche anterior. «No pasa nada. Me levanto, lo pongo y a currar», se autojustificó. Y allí que fue, a la cocina.</p>
<p>Por el camino recogió un par de camisetas sucias y sus zapatillas de hacer deporte. No era negociable, tenía que poner una lavadora. Total, ¿cuánto tiempo puede llevar poner una lavadora y un lavavajillas? ¿Treinta segundos? Incluso menos. Lo que pasa es que, al ir a meter una vieja sartén en el lavaplatos, descubrió que la puerta del armario de las sartenes estaba descuadrada y aquello no podía quedar así. Había que arreglarlo. «Total, será cosa de cinco minutos».</p>
<p>Cuatro días más tarde, Guillermo había arreglado siete muebles de cocina, desmontado dos estanterías Billy –«porque crujían al hacer “ñiqui ñiqui” con la mano»–, puesto dieciséis lavadoras, ordenado el trastero, reparado el riego automático de la terraza y ayudado a un vecino a hacer su mudanza a Cuenca «porque, pobrecito, no le podía dejar comerse ese marronazo, recién divorciado». Su semana, en resumen, había quedado reducida a tres días y aún no había escrito la primera línea de <i>Amanecer en Las Hurdes. </i></p>
<p>No obstante, aún era posible escribir su largo en tres días: en sus buenos tiempos, él había escrito treinta páginas al día sin ninguna dificultad. ¿Qué era lo peor que le podía pasar? ¿Que luego tuviese que revisarlo a fondo?</p>
<p>–Lo importante es quitarse la primera versión de en medio –dijo en voz alta. Y se puso a escribir.</p>
<p>No había pasado de la página tres cuando sonó el teléfono. Martín, su amigo Martín, que hacía años que no venía por Madrid, estaba en Callao y buscaba algún plan para esa misma noche. Guillermo sabía que tenía que decir que no, lo sabía perfectamente. Sabía que si salía no sólo perdería esa noche, sino la mañana siguiente y, en función del consumo de alcohol, incluso la tarde o la noche del día siguiente. Sin embargo, escuchó asombrado como de sus labios salían las palabras “Claro, coño. Estoy ahí en diez minutos.”</p>
<p>Cuatro ibuprofenos más tarde, Guillermo volvió a leer las tres páginas que llevaba escritas y llegó a la conclusión de que no estaban demasiado bien. Tampoco estaban demasiado mal, pero, la verdad, para ser el resultado de cinco días y medio de trabajo daban un poco de vergüenza ajena. «¿Y si resulta que Emile Zola no era un tiquismiquis del lenguaje sino un juerguista indómito y por eso escribía tan despacio?», pensó Guillermo, «Quizás por eso presumía de que le llevaba días encontrar una palabra. Porque se pasaba el día borracho de café en café». Y borró las tres páginas porque, si Emile Zola las hubiese leído, seguramente le hubiese prendido fuego al ordenador, con funda y todo.</p>
<p>Guillermo tenía 72 horas para terminar <i>Amanecer en Las Hurdes</i>. Y, si no lo terminaba, por lo menos tenía que pegarle un buen empujón. Un empujón mediano. Como mínimo, llegar hasta la página 15.</p>
<p>Aquella noche, Guillermo rindió como nunca había rendido hasta ahora. Se llevó la cafetera de cápsulas al despacho, se encerró dentro y estuvo escribiendo hasta que los párpados se le desparramaron sobre la mesa y las legañas le impidieron distinguir si había escrito <i>campesino </i>o <i>camposanto</i>.</p>
<p>Nueve páginas. Había escrito nueve páginas y la historia tenía muy buena pinta. Sólo tenía que echarse una cabezadita y retomar donde lo había dejado. Iba a cumplir su objetivo de dejar la película bien encarrilada.</p>
<p>Movido por niveles de autodisciplina nunca antes conocidos, Guillermo se levantó al primer toque del despertador, se preparó otro café, se tomó dos Almax, un omeprazol y un puñado de anfetas para, sin cambiarse la ropa interior, escribir otras siete páginas de un tirón. «Dieciseis páginas en un día. Soy una máquina, sí señor».</p>
<p>Entonces pasó: uno de los personajes secundarios entró al bar del pueblo y dijo –Cuando se muera el último del pueblo, no lo dirán en el telediario. –Y a Guillermo se le encendió una bombilla. ¿Qué hacía él intentando contar una historia de amor rural? Si él lo más cerca que había estado de un pueblo era en vacaciones. O cuando se habían perdido intentando tomar un café en alguna autovía. La historia que él tenía que contar era otra.</p>
<p>Lanzó las tarjetas Din-A6 a la papelera y empezó a rellenar Post-it como un poseso: post-it rojos para la trama de la reportera enviada al medio rural; post-it verdes para la trama del hijo del último habitante del pueblo; post-it amarillos para la trama político-oficial…  Aquello iba a ser como <i>El ala oeste de la Casa Blanca</i> pasado por <i>Amanece que no es poco</i> y una peli de Kusturika.</p>
<p>A punto estaba de quedarse sin post-it, cuando su mujer entró por la puerta con los niños y le encontró pletórico, colgando un corcho en la pared del que rezumaban papelitos de colores como si fuese un maniquí de Ágata Ruiz de la Prada.</p>
<p>–¿Cómo ha ido? ¿Has terminado la primera versión, cariño? –preguntó ella.</p>
<p>–No, <i>Amanecer en Las Hurdes</i> ha muerto. Ahora estoy escribiendo <i>El último que apague la luz</i>.</p>
<p>Ella hizo una pausa valorativa, pero tomó la senda de la diplomacia –¿Y has avanzado mucho?</p>
<p>–En un mes lo tengo terminado.</p>
<p>Ella asintió y empezó a deshacer las maletas. Otra vez.</p>
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		<title>La Script</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Feb 2019 19:49:11 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[–¡Corten! –El grito del director pilló a Marieta haciendo las últimas marcas de lapicero sobre el guión. Había siete personajes en escena y sabía que no podía perder detalle; su papel era controlar el raccord y eso pasaba por controlar el atrezzo, el vestuario y la peluquería de los siete actores, pero, sobre todo, por controlar la marea de gestos, giros de cabeza y acciones que acompañaban a sus tres páginas de diálogo. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>–¡Corten! –El grito del director pilló a Marieta haciendo las últimas marcas de lapicero sobre el guión. Había siete personajes en escena y sabía que no podía perder detalle; su papel era controlar el <i>raccord</i> y eso pasaba por controlar el atrezzo, el vestuario y la peluquería de los siete actores, pero, sobre todo, por controlar la marea de gestos, giros de cabeza y acciones que acompañaban a sus tres páginas de diálogo.</p>
<p>–¡Pasamos al corto de Juan Carlos –gritó el Ayudante de dirección. Y Marieta pudo oler el ozono en el aire, como si una tormenta eléctrica se acercase a toda velocidad.</p>
<p>Juan Carlos Aznarez era una vieja gloria del cine español, bien entrado en los sesenta, que aceptaba rodar cualquier guión razonablemente bien pagado con una única condición: que le dejasen hacer lo que le saliese de los cojones. Marieta sabía eso, todo el equipo sabía eso y el propio Juan Carlos jugaba con esa cláusula no escrita a su antojo. Esa cláusula venía a decir que si ella o cualquier otro miembro del equipo osaban indicarle que en el plano general sostenía su copa de Whisky con la mano derecha, el señor Aznarez montaría en cólera y se marcharía del rodaje dando voces al grito de “¡Pero os creéis que yo empecé a hacer cine ayer o qué, panda de novatos!”, encerrándose en su camerino y retrasando la marcha del rodaje durante un periodo de tiempo indefinido que raramente duraba más de cuatro horas pero nunca menos de dos.</p>
<p>Por eso, cuando Marieta vio que Juan Carlos Aznarez sostenía su copa en la mano izquierda, dudó durante unos segundos antes de comentárselo al director, un chiquito joven, talentoso pero tirando a tímido que, sin atreverse a mirarla a los ojos le dijo–: De acuerdo, díselo tú.</p>
<p>«Ah, el cine, ese oficio de valientes» pensó Marieta y, con su mejor sonrisa, se acercó a Aznarez quien le dedicó una mirada de arriba a abajo que reflejaba su absoluto desinterés por cualquier cosa que tuviera que decirle.</p>
<p>–¿En qué puedo ayudarte, guapetona? –le espetó el actor.</p>
<p>–Es que tengo una duda, Juan Carlos. ¿Estás seguro de que llevabas la copa en la mano izquierda?</p>
<p>–Dímelo tú, reina, que para eso eres la script.</p>
<p>Marieta sabía que sus escasas posibilidades de éxito pasaban por convertir esta conversación en un triunfo de Aznarez y no suyo. Por eso respondió.</p>
<p>–Pues no lo sé, Juan Carlos. No lo he apuntado, la verdad. Fallo mío.</p>
<p>Aznarez sonrió. Marieta sintió su ego hincharse bajo el carísimo traje de Armani y, con una mano, tapó discretamente la nota sobre su guión donde se leía nítidamente “Aznarez Vaso Mano D”. Era improbable que un chimpancé como Aznarez entendiese la nota, pero mejor no arriesgarse.</p>
<p>–Desde luego, cada vez venís menos preparados. Esto en la vieja escuela no pasaba –remató Aznarez. Y, sin casi moverse del sitio, repasó el texto mentalmente y, cuando llegó al punto en que cogía la copa, se dio cuenta.  Miró su mano, vio la copa en la mano izquierda y, con toda la naturalidad del mundo, se la cambió de mano. Al levantar la vista y apenas durante una milésima de segundo, miró a Marieta a los ojos y ella pudo sentir que había sido descubierta. Él la miró, ella aguanto la mirada y la posición de cada cual en la cadena trófica hizo el resto. Juan Carlos Aznarez nunca iba a reconocer una cosa así en voz alta y ella no iba a desacreditarle.</p>
<p>–En la mano derecha. Llevaba la copa en la mano derecha, chiqui –cerró la discusión Aznarez.</p>
<p>Marieta sonrió, le dio las gracias y mientras se daba la vuelta, pudo oír el suspiro de alivio del director. Por una vez, no tendrían que sacarle del camerino a rastras entre disculpas y alabanzas. El rodaje podía continuar y, si tenían suerte, ese día terminarían a tiempo.</p>
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