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	<title>Blog &#187; admin</title>
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	<description>Jaime Bartolomé</description>
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		<title>Gracias, Antonio</title>
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		<pubDate>Fri, 12 Nov 2021 10:33:46 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Antonio Malonda]]></category>
		<category><![CDATA[sentido del humor]]></category>
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		<description><![CDATA[Dicen que puedes reconocer a la gente realmente importa [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Dicen que puedes reconocer a la gente realmente importante en tu vida porque, en algún momento, llegas a sentir que les debes tu existencia, tu vida entera. Ayer se murió Antonio Malonda, maestro, amigo, socio y también montañista despistado. Allá por 1986, Antonio se perdió conmigo, con su hija y su sobrina por las laderas de los Pirineos y, definitivamente, me hizo sentir que mi vida entera dependía de él.</p>
<p>Naturalmente, nunca debimos estar tan perdidos como nosotros sentimos en aquel momento ya que, al cabo de un rato, encontramos la carretera y fuimos “rescatados” por un conductor amigo que decidió que aquel señor sexagenario con tres niños de entre 7 y 10 años estaba fuera de lugar en el arcén de la Nacional 330.</p>
<p>Antonio convirtió aquellas horas (¿O fueron minutos?) perdidos por la montaña en un juego en el que de repente íbamos hacia arriba y de repente íbamos hacia abajo. A la manera del Benigni de <i>La vida es bella</i>, Antonio era alguien que siempre encontraba la forma de convertir un rato a su lado en un juego, una gymkana o una sucesión de volteretas imposibles.</p>
<p><a href="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2021/11/MALONDA.jpeg"><img class="aligncenter size-full wp-image-278" alt="MALONDA" src="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2021/11/MALONDA.jpeg" width="1280" height="720" /></a></p>
<p>Amigo de mis padres desde antes de que yo naciese, Antonio y Yolanda eran de esos amigos a cuya casa siempre estaba dispuesto a ir. No sólo porque supiese que me iba a divertir con sus dos hijas, que luego se convirtieron en amigas, en socias, en parte imprescindible de mi vida; sino, sobre todo, porque sabía que con Antonio tenía la diversión garantizada. En cualquier reunión social, Antonio siempre era el más niño de todos los adultos y el más adulto de todos los niños.</p>
<p>Si ibas a su lado caminando por la montaña, era capaz de sorprendente trotando ladera arriba por las escarpadas cuestas de Cueva Valiente cuando nadie lo esperaba y cuando el resto de los excursionistas –15 o 20 años más jóvenes que él en su mayoría– iban ya desfondados y suplicando un traguito de vino para poder seguir con la ascensión.</p>
<p>Años después, Antonio y Yolanda me propusieron formar parte del que ha sido mi proyecto vital más acojonante, estimulante y aventurero: Bululú 2120, una escuela de interpretación donde nos partimos la cara por formar a los actores y a las actrices de forma lúdica, creativa y dotándoles de autonomía. Donde llevamos dos décadas yendo a contracorriente de la basura mediática que medios como “El País” lanzan continuamente donde los actores deben ser seres sufrientes, dolientes y sometidos a procesos de introspección absurdos e innecesarios. De nuevo, mi vida entera pasaba a depender de Antonio y Yolanda.</p>
<p>De nuevo, perdido en la montaña de gestionar una PYME cultural en un país como el nuestro, me veía obligado a jugar, a alternar los descensos temerarios con las subidas escarpadas. Y todo gracias a Antonio.</p>
<p>Sólo otras dos personas han tenido un impacto comparable al de Antonio y los tres tienen en común que me enseñaron la importancia del sentido del humor para superar esta vida –puta vida– con una sonrisa.  Una de esas personas me hizo pasar veinte minutos muy malos agarrado a unos juncos en un pequeño lago de Irlanda, allá por 1981, y, desde entonces, siempre me ha regalado los mejores minutos, las mejores horas de mi vida cuando he tenido el lujo de pasar un rato a su lado. Con un sentido del humor y una capacidad para contar historias inigualable, podría haber pasado su vida sobre los escenarios, pero optó por la administración. Hasta en eso, sin saberlo, me dio alguna pista.</p>
<p>La otra persona que me ha marcado al mismo nivel vive al sur, mucho más al sur, pero sin él saberlo me salvó la vida cuando yo tenía 13 años y me regaló su sentido del humor al emparejarse con mi tía Susana. Yo estaba pasando una adolescencia jodida y él, sin darse cuenta, sólo con su ejemplo y sin darse ninguna importancia, me permitió afinar la herramienta que me ha permtido llegar hasta el día de hoy: el sentido del humor y la auto-ironía.</p>
<p>Gracias a los tres, soy el adulto que soy hoy: más o menos funcional, más o menos exitoso pero rotundamente feliz.</p>
<p>Quizás por eso, porque se me ha ido uno de mis referentes, siento esta necesidad enorme de, a día de hoy, dejar aquí este mensaje: abrazad a quienes os salvan la vida porque, como quien no quiere la cosa, seguramente os la están poniendo patas arriba, para bien.</p>
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		<title>Tormenta inalámbrica</title>
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		<pubDate>Sat, 02 May 2020 08:48:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Relatos de cine]]></category>
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		<description><![CDATA[Al desenvolver su bocadillo, Dani no pudo evitar pensar que, en el fondo, la inmobiliaria sería muy grande pero el bocadillo era de mortadela. De fondo, se escuchaba a los actores y actrices conversar unos con otros, mientras la dentadura de Dani se esforzaba por superar el límite elástico de un pan que había conocido tiempos mejores.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando llegó la hora del bocadillo, Dani miró por última vez a través del monitor de la cámara tres a Marta. Definitivamente, esa chica tenía algo especial. No era sólo que fuese buena actriz –que lo era– sino que además era inteligente, divertida y asumía con filosofía y entereza que iban a pasar la semana entera encerrados rodando una <i>sitcom </i>para una inmobiliaria.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A Dani, encerrado en el control de realización y a los mandos del mezclador durante lo que sin duda iba a ser una larguísima jornada, se le ocurrió que la mejor estrategia posible para evitar que se le notase lo mucho que le gustaba Marta era quedarse a solas en el control de realización.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Por eso decidió coger su bocadillo y encerrarse a solas, para así permitir que su cabeza se despejase del infierno que habían sido las primeras tres horas de grabación.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Aquello era sólo un capítulo de una sitcom grabada para una gran inmobiliaria pero el director se comportaba como si estuviesen todos rodando la próxima candidata a los Oscar. Los actores y actrices estaban estresadísimos –incapaces de entender por qué el director chillaba tanto mientras ellos interpretaban un texto insulso que sólo pretendía formar a los empleados del banco en la forma correcta de desalojar okupas de sus preciosos inmuebles– y se miraban unos a otros con la incredulidad que da saber que, aunque te están pagando por tu trabajo, nadie te está pagando tanto como para aguantar un imbécil.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Al desenvolver su bocadillo, Dani no pudo evitar pensar que, en el fondo, la inmobiliaria sería muy grande pero el bocadillo era de mortadela. De fondo, se escuchaba a los actores y actrices conversar unos con otros, mientras la dentadura de Dani se esforzaba por superar el límite elástico de un pan que había conocido tiempos mejores. Sonido había dejado los micrófonos inalámbricos que llevaba cada actor encendidos y, a través de los altavoces, llegaba un suave murmullo de conversaciones que ayudaba a Dani a olvidar que aún le quedaban otras siete horas de trabajo.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>De repente, ese murmullo se vio interrumpido por un sonido inconfundible y Dani tuvo que dejar de masticar. Una flatulencia se había colado de forma clara en medio de aquellas conversaciones. No era una flatulencia ligera, liviana, un gasecito producto de alguna combinación inadecuada de bacterias. No. Aquello era un terremoto gástrico; una conmoción gasesosa producto de la descomposición durante horas de varios kilos de alimentos en el interior; quien sabe si el síntoma de una enfermedad gravísima, seguramente mortal, que trataba de manifestarse a través de la acumulación excesiva de metano.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani dejo el bocadillo sobre la mesa de realización y a la flatulencia le siguió otra. Y otra más, cada una mayor que la anterior. Y muy pronto el sonido inconfundible de las deposiciones al caer en el agua del inodoro. No había duda. Alguno de los actores había ido al baño y había olvidado quitarse el micrófono inalámbrico.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani sabía lo que tenía que hacer. Se levantó, se sentó frente al mezclador de sonido y empezó a bajar uno a uno los faders de la mesa de mezclas, cada canal etiquetado con mimo con el nombre de un miembro del reparto. Antonio. Fuera. Marcos. Fuera. Tania. Fuera.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>A medida que Dani iba bajando los faders, los ruidos iban empeorando. Aquello era una diarrea monumental, casi apocalíptica. Lo que estaba escuchando Dani era el intento de un intestino por suicidarse dentro de la taza de un inodoro; la bomba de Hiroshima de las disbiosis bacterianas; la versión intestinal de la erupción del Karakatoa.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y como no podía ser de otra manera, el rugido del apocalipsis intestinal acompañó a Dani durante los treinta segundos largos que tardó en bajar los ocho faders de la mesa. Porque el azar quiso que la titular del micrófono indiscreto estuviese la última de la lista de faders y, puestos a jugar con la casualidad, la caprichosa diosa fortuna quiso que se tratase de Marta.</p>
<p><a href="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2020/05/Depositphotos_199658422_xl-20151.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-270" alt="Sonido directo cine" src="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2020/05/Depositphotos_199658422_xl-20151.jpg" width="1200" height="800" /></a></p>
<p>Aquello no cambiaba para nada sus sentimientos hacia Marta –al fin y al cabo, Dani tenía una edad y asumía con naturalidad que todos los organismos vivos, de una forma u otra, excretan los nutrientes no aprovechables fuera de su organismo. La duda que asaltaba a Dani era: «¿Debía contárselo algún día? ¿Quizás dentro de muchos años, cuando tengamos nietos y bisnietos?»</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Dani bajó el último fader justo a tiempo de ver entrar por la puerta a su compañero Carlos que le preguntó –¿Qué? ¿Qué tal el bocata?</p>
<p>–Nada, me lo he dejado a medias. No tengo hambre –mintió Dani.</p>
<p>–Debes ser el único, tío.</p>
<p>–Ya ves. Soy así de raro. ¿Lo quieres?</p>
<p>Carlos ni siquiera se dio tiempo a sí mismo para responder y se limitó a agarrar el resto chicloso de bocadillo y metérselo en la boca como si fuese el último resto de comida disponible sobre la tierra.</p>
<p>&nbsp;</p>
<p>Y los dos se quedaron mirándose en silencio. Dani, satisfecho por haber salvado la honra de su actriz favorita; Carlos ignorante de que, con un leve movimiento de su dedo índice, Dani le podía dejar sin hambre para las próximas cuatro horas.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>Otra vez</title>
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		<pubDate>Tue, 19 Feb 2019 17:32:25 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[procrastinación]]></category>

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		<description><![CDATA[Guillermo sabía que esa era la semana ideal para terminar de escribir su tercer largometraje y tenía que aprovecharla al 100%. Por eso, sentado frente al ordenador, se sintió levemente molesto al darse cuenta de que no se había acordado de poner el lavavajillas la noche anterior. «No pasa nada. Me levanto, lo pongo y a currar», se autojustificó.]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Al fin había conseguido despejarse su agenda para poder dedicar una semana entera a escribir. «Nada de reuniones improductivas que no conducen a nada», se dijo a sí mismo Guillermo, «Esta semana la tengo que dedicar a cerrar la v1 de <i>Amanecer en Las Hurdes</i>. Sin excusas». Y, definitivamente, había conseguido que todo estuviese dispuesto para trabajar: el portátil actualizado y en plena forma; las tarjetitas Din-A6 con el resumen de cada secuencia perfectamente ordenadas en el tablón de corcho; siete tacos idénticos de post-it de colores para introducir variaciones en la trama «porque siempre se me ocurre algo sobre la marcha» y, lo más importante de todo, su mujer y sus hijos lejos de allí, en el apartamento de La Albufereta, donde no pudiesen tentarle con salidas a cenar pizza, aventuras en el parque o una escapadita al cine a ver la última de Pixar.</p>
<p>Guillermo sabía que esa era la semana ideal para terminar de escribir su tercer largometraje y tenía que aprovecharla al 100%. Por eso, sentado frente al ordenador, se sintió levemente molesto al darse cuenta de que no se había acordado de poner el lavavajillas la noche anterior. «No pasa nada. Me levanto, lo pongo y a currar», se autojustificó. Y allí que fue, a la cocina.</p>
<p>Por el camino recogió un par de camisetas sucias y sus zapatillas de hacer deporte. No era negociable, tenía que poner una lavadora. Total, ¿cuánto tiempo puede llevar poner una lavadora y un lavavajillas? ¿Treinta segundos? Incluso menos. Lo que pasa es que, al ir a meter una vieja sartén en el lavaplatos, descubrió que la puerta del armario de las sartenes estaba descuadrada y aquello no podía quedar así. Había que arreglarlo. «Total, será cosa de cinco minutos».</p>
<p>Cuatro días más tarde, Guillermo había arreglado siete muebles de cocina, desmontado dos estanterías Billy –«porque crujían al hacer “ñiqui ñiqui” con la mano»–, puesto dieciséis lavadoras, ordenado el trastero, reparado el riego automático de la terraza y ayudado a un vecino a hacer su mudanza a Cuenca «porque, pobrecito, no le podía dejar comerse ese marronazo, recién divorciado». Su semana, en resumen, había quedado reducida a tres días y aún no había escrito la primera línea de <i>Amanecer en Las Hurdes. </i></p>
<p>No obstante, aún era posible escribir su largo en tres días: en sus buenos tiempos, él había escrito treinta páginas al día sin ninguna dificultad. ¿Qué era lo peor que le podía pasar? ¿Que luego tuviese que revisarlo a fondo?</p>
<p>–Lo importante es quitarse la primera versión de en medio –dijo en voz alta. Y se puso a escribir.</p>
<p>No había pasado de la página tres cuando sonó el teléfono. Martín, su amigo Martín, que hacía años que no venía por Madrid, estaba en Callao y buscaba algún plan para esa misma noche. Guillermo sabía que tenía que decir que no, lo sabía perfectamente. Sabía que si salía no sólo perdería esa noche, sino la mañana siguiente y, en función del consumo de alcohol, incluso la tarde o la noche del día siguiente. Sin embargo, escuchó asombrado como de sus labios salían las palabras “Claro, coño. Estoy ahí en diez minutos.”</p>
<p>Cuatro ibuprofenos más tarde, Guillermo volvió a leer las tres páginas que llevaba escritas y llegó a la conclusión de que no estaban demasiado bien. Tampoco estaban demasiado mal, pero, la verdad, para ser el resultado de cinco días y medio de trabajo daban un poco de vergüenza ajena. «¿Y si resulta que Emile Zola no era un tiquismiquis del lenguaje sino un juerguista indómito y por eso escribía tan despacio?», pensó Guillermo, «Quizás por eso presumía de que le llevaba días encontrar una palabra. Porque se pasaba el día borracho de café en café». Y borró las tres páginas porque, si Emile Zola las hubiese leído, seguramente le hubiese prendido fuego al ordenador, con funda y todo.</p>
<p>Guillermo tenía 72 horas para terminar <i>Amanecer en Las Hurdes</i>. Y, si no lo terminaba, por lo menos tenía que pegarle un buen empujón. Un empujón mediano. Como mínimo, llegar hasta la página 15.</p>
<p>Aquella noche, Guillermo rindió como nunca había rendido hasta ahora. Se llevó la cafetera de cápsulas al despacho, se encerró dentro y estuvo escribiendo hasta que los párpados se le desparramaron sobre la mesa y las legañas le impidieron distinguir si había escrito <i>campesino </i>o <i>camposanto</i>.</p>
<p>Nueve páginas. Había escrito nueve páginas y la historia tenía muy buena pinta. Sólo tenía que echarse una cabezadita y retomar donde lo había dejado. Iba a cumplir su objetivo de dejar la película bien encarrilada.</p>
<p>Movido por niveles de autodisciplina nunca antes conocidos, Guillermo se levantó al primer toque del despertador, se preparó otro café, se tomó dos Almax, un omeprazol y un puñado de anfetas para, sin cambiarse la ropa interior, escribir otras siete páginas de un tirón. «Dieciseis páginas en un día. Soy una máquina, sí señor».</p>
<p>Entonces pasó: uno de los personajes secundarios entró al bar del pueblo y dijo –Cuando se muera el último del pueblo, no lo dirán en el telediario. –Y a Guillermo se le encendió una bombilla. ¿Qué hacía él intentando contar una historia de amor rural? Si él lo más cerca que había estado de un pueblo era en vacaciones. O cuando se habían perdido intentando tomar un café en alguna autovía. La historia que él tenía que contar era otra.</p>
<p>Lanzó las tarjetas Din-A6 a la papelera y empezó a rellenar Post-it como un poseso: post-it rojos para la trama de la reportera enviada al medio rural; post-it verdes para la trama del hijo del último habitante del pueblo; post-it amarillos para la trama político-oficial…  Aquello iba a ser como <i>El ala oeste de la Casa Blanca</i> pasado por <i>Amanece que no es poco</i> y una peli de Kusturika.</p>
<p>A punto estaba de quedarse sin post-it, cuando su mujer entró por la puerta con los niños y le encontró pletórico, colgando un corcho en la pared del que rezumaban papelitos de colores como si fuese un maniquí de Ágata Ruiz de la Prada.</p>
<p>–¿Cómo ha ido? ¿Has terminado la primera versión, cariño? –preguntó ella.</p>
<p>–No, <i>Amanecer en Las Hurdes</i> ha muerto. Ahora estoy escribiendo <i>El último que apague la luz</i>.</p>
<p>Ella hizo una pausa valorativa, pero tomó la senda de la diplomacia –¿Y has avanzado mucho?</p>
<p>–En un mes lo tengo terminado.</p>
<p>Ella asintió y empezó a deshacer las maletas. Otra vez.</p>
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		<title>Para no volver (Autora invitada)</title>
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		<pubDate>Thu, 14 Feb 2019 15:17:57 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[cosas]]></category>

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		<description><![CDATA[Y al ritmo de un tango se escaparon los besos y con cad [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<div>Y al ritmo de un tango se escaparon los besos y con cada paso aprendido se escribía un te quiero.</div>
<div>Son amores fugaces que llenan los huecos y prenden sonrisas donde faltan los hechos. No hay futuro posible, ni siquiera en un sueño, pero son encuentros que vivirán en mi recuerdo.</div>
<div>Una isla, un mar, un avión  o un metro, se que no volverás pero me aferro al deseo. Si fuera real no sería tan bello, por eso huí cuando aún era cierto.</div>
<div>Cuando necesite volar, amor, me agarraré a estas alas que sin querer me diste</div>
<div>para que al pensarte escapara y no quisiera volver adonde una vez fuiste.</div>
<div>E.C.F.</div>
<div></div>
<div><em>Entrada publicada en San Valentín, por la misteriosa E.C.F, invitada del autor del blog. El que haya huido de ella que se arrepienta inmediatamente, pues a un servidor no se le ocurre tontería mayor en este mundo. </em></div>
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		<title>La Script</title>
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		<pubDate>Sun, 03 Feb 2019 19:49:11 +0000</pubDate>
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				<category><![CDATA[Relatos de cine]]></category>
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		<category><![CDATA[cine]]></category>
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		<description><![CDATA[–¡Corten! –El grito del director pilló a Marieta haciendo las últimas marcas de lapicero sobre el guión. Había siete personajes en escena y sabía que no podía perder detalle; su papel era controlar el raccord y eso pasaba por controlar el atrezzo, el vestuario y la peluquería de los siete actores, pero, sobre todo, por controlar la marea de gestos, giros de cabeza y acciones que acompañaban a sus tres páginas de diálogo. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>–¡Corten! –El grito del director pilló a Marieta haciendo las últimas marcas de lapicero sobre el guión. Había siete personajes en escena y sabía que no podía perder detalle; su papel era controlar el <i>raccord</i> y eso pasaba por controlar el atrezzo, el vestuario y la peluquería de los siete actores, pero, sobre todo, por controlar la marea de gestos, giros de cabeza y acciones que acompañaban a sus tres páginas de diálogo.</p>
<p>–¡Pasamos al corto de Juan Carlos –gritó el Ayudante de dirección. Y Marieta pudo oler el ozono en el aire, como si una tormenta eléctrica se acercase a toda velocidad.</p>
<p>Juan Carlos Aznarez era una vieja gloria del cine español, bien entrado en los sesenta, que aceptaba rodar cualquier guión razonablemente bien pagado con una única condición: que le dejasen hacer lo que le saliese de los cojones. Marieta sabía eso, todo el equipo sabía eso y el propio Juan Carlos jugaba con esa cláusula no escrita a su antojo. Esa cláusula venía a decir que si ella o cualquier otro miembro del equipo osaban indicarle que en el plano general sostenía su copa de Whisky con la mano derecha, el señor Aznarez montaría en cólera y se marcharía del rodaje dando voces al grito de “¡Pero os creéis que yo empecé a hacer cine ayer o qué, panda de novatos!”, encerrándose en su camerino y retrasando la marcha del rodaje durante un periodo de tiempo indefinido que raramente duraba más de cuatro horas pero nunca menos de dos.</p>
<p>Por eso, cuando Marieta vio que Juan Carlos Aznarez sostenía su copa en la mano izquierda, dudó durante unos segundos antes de comentárselo al director, un chiquito joven, talentoso pero tirando a tímido que, sin atreverse a mirarla a los ojos le dijo–: De acuerdo, díselo tú.</p>
<p>«Ah, el cine, ese oficio de valientes» pensó Marieta y, con su mejor sonrisa, se acercó a Aznarez quien le dedicó una mirada de arriba a abajo que reflejaba su absoluto desinterés por cualquier cosa que tuviera que decirle.</p>
<p>–¿En qué puedo ayudarte, guapetona? –le espetó el actor.</p>
<p>–Es que tengo una duda, Juan Carlos. ¿Estás seguro de que llevabas la copa en la mano izquierda?</p>
<p>–Dímelo tú, reina, que para eso eres la script.</p>
<p>Marieta sabía que sus escasas posibilidades de éxito pasaban por convertir esta conversación en un triunfo de Aznarez y no suyo. Por eso respondió.</p>
<p>–Pues no lo sé, Juan Carlos. No lo he apuntado, la verdad. Fallo mío.</p>
<p>Aznarez sonrió. Marieta sintió su ego hincharse bajo el carísimo traje de Armani y, con una mano, tapó discretamente la nota sobre su guión donde se leía nítidamente “Aznarez Vaso Mano D”. Era improbable que un chimpancé como Aznarez entendiese la nota, pero mejor no arriesgarse.</p>
<p>–Desde luego, cada vez venís menos preparados. Esto en la vieja escuela no pasaba –remató Aznarez. Y, sin casi moverse del sitio, repasó el texto mentalmente y, cuando llegó al punto en que cogía la copa, se dio cuenta.  Miró su mano, vio la copa en la mano izquierda y, con toda la naturalidad del mundo, se la cambió de mano. Al levantar la vista y apenas durante una milésima de segundo, miró a Marieta a los ojos y ella pudo sentir que había sido descubierta. Él la miró, ella aguanto la mirada y la posición de cada cual en la cadena trófica hizo el resto. Juan Carlos Aznarez nunca iba a reconocer una cosa así en voz alta y ella no iba a desacreditarle.</p>
<p>–En la mano derecha. Llevaba la copa en la mano derecha, chiqui –cerró la discusión Aznarez.</p>
<p>Marieta sonrió, le dio las gracias y mientras se daba la vuelta, pudo oír el suspiro de alivio del director. Por una vez, no tendrían que sacarle del camerino a rastras entre disculpas y alabanzas. El rodaje podía continuar y, si tenían suerte, ese día terminarían a tiempo.</p>
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		<title>Quinientos pasos</title>
		<link>http://www.jaimebartolome.es/quinientos-pasos/</link>
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		<pubDate>Mon, 20 Feb 2017 22:31:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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				<content:encoded><![CDATA[<p>Mientras metía un punto más de regulador, Manolo fijó su vista en los carriles. Aquel brillo no presagiaba nada bueno. Llovía sin parar desde hacía varios días y las rampas pasado Teixeiro ya le habían dejado tirado varias veces. La &#8220;mil novecientos&#8221; era una buena locomotora pero setecientas toneladas de carbón eran muchas toneladas. El acero pulido de los carriles no ayudaba; con la lluvia y el frío, las ruedas se resistían a traccionar y en ocasiones no quedaba otra que darse por vencido y esperar a que vinieran a darle doble tracción desde Monforte.</p>
<p>Por eso, cuando vio la señal avanzada de Teixeiro en verde, metió otro punto de regulador y escuchó los motores rugir a sus espaldas. Él cenaba en casa esa noche por cojones. La estación de Teixeiro se acercaba a buena velocidad y tardó unos segundos en verle; era una silueta apenas visible bajo la lluvia, un cuerpo al borde del andén con aire de estar esperando un tren. ¿Qué tren? -pensó Manolo -Si no hay regionales hasta mañana.</p>
<p>Y, justo en ese instante, lo entendió. No tuvo tiempo de reaccionar. La sombra saltó a la vía, justo frente a sus faros y, para cuando él aporreó la &#8220;seta&#8221;, ya hacía un par de segundos que el bulto había desaparecido bajo sus ruedas. Escuchó a los frenos luchar contra la inercia unos larguísimos segundos. Diez, veinte&#8230; Toda esa inercia que antes era su aliada ahora alejaba el tren varios centenares de metros del punto al que, según el protocolo, debía volver para inspeccionar la vía.</p>
<p>Puto horror. Con el último quejido de los frenos, Manolo dio aviso al CTC y se dispuso a coger su chaleco y la linterna.</p>
<p>Le tocaba recorrer casi quinientos metros hasta el lugar del arrollamiento. Quinientos pasos para imaginarse lo que iba a encontrar; desde las amputaciones más dantescas hasta las muertes más idiotas.</p>
<p>A medida que se acercaba, se sorprendió al ver que la figura parecía estar muy entera, justo entre los dos carriles. Unos metros más atrás las señales de cola del último vagón parpadeaban bajo la lluvia y, a lo lejos, empezaban a oírse las sirenas de los servicios de emergencia.</p>
<p>Estaba ya a solo unos metros cuando le vio mover el brazo. &#8220;La madre que lo parió -pensó Manolo- el muy cabrón está vivo&#8221;. Y al llegar a su lado vio que, efectivamente, tenía una brecha enorme, pero movía un poco una mano y respiraba perfectamente.</p>
<p>Los técnicos de la UVI móvil lo confirmaron: aquel anciano había sobrevivido a ser sobrepasado por una locomotora y diez tolvas de mineral leonés. Ni una sola vez, durante todo el recorrido a pie, se le había ocurrido está posibilidad. Quinientos pasos para considerar las mejores y peores opciones y jamás habría pensado en ésta.</p>
<p>Definitivamente Manolo iba a cenar tarde esa noche.</p>
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		<title>Intolerancia</title>
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		<pubDate>Mon, 27 Jun 2016 16:13:14 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Decidir que nuestra visión del mundo es “la buena” y la de los otros “la mala” es un primer paso en una dirección muy jodida. ]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Llevo 24 horas alucinado. Y no, no es porque siete millones de españoles hayan votado al PP y éste haya ganado 14 escaños, es porque, desde anoche, las redes sociales de mis amigos y conocidos se llenan con un mensaje unívoco: “Los votantes del PP son gilipollas”. Y me tiene alucinado porque, sinceramente, creía que compartía el mundo con gente que creía en la democracia y en el respeto a los demás, fuese cual fuese su ideología.</p>
<p>Los que me conocéis sabéis que a mí el PP no me gusta; no me gustan sus políticas, no me gustan sus líderes y me apesta el tufo a corrupción que desprende desde hace unos años pero, dicho esto, sus votantes tienen todo el derecho del mundo a votarles y nosotros deberíamos centrarnos más en la autocrítica que afirmar sin dudarlo que siete millones de españoles son gilipollas.</p>
<p>Sobre todo porque la opción a la que yo voté ni es perfecta ni se acerca a serlo. ¿Es mejor que el PP? Desde luego a mí me parece “menos mala” pero seguro que habrá quien discrepe. Su líder tiene ramalazos autoritarios (como él del PP), su organización interna deja mucho que desear y no es tan democrática como debiera (aunque lo sea más que la del PP) y su programa se compone a partes iguales de “wishful thinking” y medidas populistas cuya eficacia económica es más que dudosa (¡Caramba qué coincidencia: como él del PP!)</p>
<p>¿Y por qué les he votado? Porque no me gusta lo que puede hacer el PP con lo que queda del estado del bienestar ni lo que pueda pasar con la economía (sí, la economía) si esta panda de torpes siguen gobernándonos y, en contra de lo que dice el refranero, prefiero lo bueno por conocer a lo malo conocido.</p>
<p>Pero puedo entender perfectamente que haya alguien a quien mi opción le dé miedo, grima y hasta repelús. Incluso puede pasar que las demás opciones no le parezcan bien y termine votando al PP como “un mal menor”. Aún siendo corruptos, sí. Aún siendo unos inútiles, claro que sí. ¿Por qué no? ¿Hay algún artículo de la constitución en que se diga que hay que tener cuenta en twitter para votar? ¿O puntuar más allá del 5 en la escala ideológica?</p>
<p>Todos nos construimos una imagen del mundo de acuerdo con la información que recibimos acerca de él. Igual que a nosotros nos parece que “todo el mundo quiere un cambio” porque vivimos en Madrid, nos leemos en Twitter y Facebook y nos encontramos en locales de La Latina (vale, yo no pero me entendéis), a la Señora Antonia le parece que “estos chicos lo hacen bien” porque es lo que lee en el ABC, lo que se comenta en el bar de su barrio/pueblo/aldea y lo que todo el mundo le dice.</p>
<p>Decidir que nuestra visión del mundo es “la buena” y la de los otros “la mala” es un primer paso en una dirección muy jodida. Sobre todo cuando luego llenamos las redes sociales de mensajes exigiendo a nuestros políticos que “lleguen a acuerdos” y “se entiendan”. “Entenderse” no consiste en que los otros nos den la razón y reconozcan lo equivocadísimos que estaban: eso es una conversión religiosa y, según me cuentan los entendidos, son muy poco frecuentes.</p>
<div id="attachment_240" class="wp-caption aligncenter" style="width: 578px"><a href="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2016/06/16iq6x.jpg"><img class="size-full wp-image-240" alt="Vale, es una exageración pero es lo único que me ha faltado leer estos días. " src="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2016/06/16iq6x.jpg" width="568" height="335" /></a><p class="wp-caption-text">Vale, es una exageración pero es lo único que me ha faltado leer estos días.</p></div>
<p>“Entenderse” consiste en escuchar al otro, entender en qué puede basarse su punto de vista y tratar de llegar a acuerdos. Por eso, antes de colgar el próximo mensaje poniendo a caldo a otros desconocidos por haber votado la opción a, b o c, paraos un segundo y responded a este rápido cuestionario:</p>
<ul>
<li>¿De verdad te parece que la España Urbanita e intelectual es “naturalmente” superior a la España rural, a la España de provincias o a la España de la periferia?</li>
<li>¿De verdad te parece impensable que otros piensen de manera diferente a la tuya y obren en consecuencia?</li>
<li>¿De verdad eres partidario del sufragio restrictivo y no universal?</li>
</ul>
<p>Si la respuesta a estas tres preguntas es que sí, enhorabuena, tienes un serio problema de falta de empatía y, en caso de que te interese, te diré que no me interesa un cojón participar en ningún cambio (ni político ni de ningún otro tipo) a tu lado. Sigue así y en las próximas elecciones a lo mejor el PP tiene otro millón de votos. ¡Buen trabajo!</p>
<p>Si, por el contrario, a alguna respondes que sí y a otras respondes que no, creo que lo que tienes es un calentón postelectoral. Te puedo entender perfectamente porque llevo toda mi puta vida votando a partidos que pierden pero, párate un segundo y mírate en el espejo: ¿De verdad con 90 diputados de unos y 80 de otros íbamos a protagonizar el megacambio de la releche e íbamos a doblegar al IBEX, la CEOE, la UE, a los bancos y hasta a los comerciales de Jazztel? ¿De verdad? ¿O en realidad íbamos a ir cambiando poquito a poquito, detalle aquí detalle allí, no sin poco esfuerzo y aspirando siempre a un proyecto a más largo plazo?</p>
<p>Rebaja tus expectativas, respira hondo y, si crees que ese cambio es tan urgente, sal a la calle y empieza a trabajar por él dentro de tus posibilidades, desde las siglas que te resulten más cómodas, adoptando un perro o montando en bici pero, sobre todo, no hagas de las redes sociales tu única actividad política y no hagas de la intolerancia tu bandera.</p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>¿Por qué dejé de leer El País?</title>
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		<pubDate>Sun, 19 Jun 2016 14:09:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Yo crecí en una de esas casas “progres” en las que entr [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Yo crecí en una de esas casas “progres” en las que entraba El País todos los días. Desde mi más tierna infancia, aprendí a buscar el “hueco” para leerme las secciones que más me interesaban. Empecé copiándome listas de ciclistas del Tour de Francia para hacer chapas y terminé leyéndome el diario de pe a pa y buscando a algunos de mis columnistas favoritos entre sus páginas: Maruja Torres, Vázquez Montalbán, Millás o incluso los “tintos de verano” de Elvira Lindo.</p>
<p>Esto no quiere decir que considerase que era el periódico perfecto. El diario tenía un marcado sesgo pro PSOE e incluso, dentro de éste, tomaban partido sin disimulo por las opciones que preferían. (Almunia frente a Borrell, el aparato frente a los Guerristas). Recuerdo con hilaridad las crónicas rayando la fobia a Izquierda Unida de Rodolfo Serrano donde demostraba que, cuando odias lo suficiente a un partido, que te manden a cubrir su información sólo pone en peligro tu propio sentido del ridículo.</p>
<p>Desde luego, merecen mención aparte Forges, El Roto y otros autores gráficos cuya obra he admirado desde que era muy pequeño y cuyo nivel siempre ha estado muy por encima del resto del periódico.</p>
<p>Sin embargo, hace un par de años, decidí que no iba a volver a comprar jamás ese diario y que, salvo excepciones, no iba a consultar su página web NUNCA salvo en caso de extrema necesidad.</p>
<p>¿Por qué?</p>
<p><a href="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2016/06/cagadiña.png"><img class="alignright size-medium wp-image-234" alt="cagadiña" src="http://www.jaimebartolome.es/wp-content/uploads/2016/06/cagadiña-300x279.png" width="300" height="279" /></a></p>
<p>En primer lugar, porque El País había dejado de ser un referente de calidad hacía mucho tiempo. Se colaban erratas, faltas de ortografía en portada y todos los contenidos respiraban una cierta “dejadez. Eso ya había convertido su lectura en internet en un ejercicio de zapping donde uno iba de cabeza a los contenidos de “calidad” escritos por gente como Segurola, Enrique González o Txetxo Yoldi y su compra en un ejercicio muy ocasional que terminaba, casi siempre, con un mosqueo notable porque el periódico no valía ni el mísero euro que costaba.</p>
<p>Y entonces llegó el ERE. Y con el ERE, se destapó la caja de Pandora. Que nadie me entienda mal. Entiendo que una empresa pueda necesitar despedir empleados para sobrevivir y entiendo que el ERE es la herramienta adecuada para hacerlo. Pero también entiendo que lo que amenaza la supervivencia de un periódico son los inútiles, los ignorantes y los periodistas sumisos de manguito prieto y respuesta corta, no los figuras, los rompepelotas o los que se dejan los cojones en los tribunales cada día, intentando informar de forma veraz y completa.</p>
<p>Pero no, en el ERE de El País se echó mucho talento fuera y se dejó mucho mediocre dentro. Y además, como demostración de cómo se garantiza la supervivencia de una gran empresa en nuestro país, la directiva permaneció prácticamente igual. Los mismos tíos que habían hundido el periódico iban a encargarse de reflotarlo y, desde luego, todo el mundo sabe que un jet privado es esencial para dirigir un periódico en España, no vaya a ser que se te cuele una tilde en portada y no encuentres vuelo para huir a las Islas Caimán.</p>
<p>El ERE de El País fue una metáfora de la España que nos quisieron vender la “vieja guardia progre” a nuestra generación. Esa España donde el cine se veía “en el Canal Plus” y la información venía en el “Diario Independiente de la Mañana”.</p>
<p>Y, sin embargo, resultó que no.</p>
<p>Los Cebrián y compañía son el ejemplo exacto del tipo de empresario que debe desaparecer de este país si queremos, algún día, que la CEOE deje de dar vergüenza ajena 24 horas al día, 7 días a la semana. Sujetos cuyo único mérito es arrimarse al poder y gestionar sus empresas como el culo, a la espera de que sus contactos arreglen lo que su ineptitud y sus delirios de grandeza rompen cada tres o cuatro años.</p>
<p>Pero es que, además, ideológicamente, son los responsables de haber convencido a toda una generación de que el liberalismo consiste en arrimarte a empresas de amiguetes,  a los focos del poder y tratar de pillar todo lo que se pueda, haciendo que se legisle todo lo posible a tu favor y puteando a la competencia hasta donde el horizonte se convierte en los Pirineos.</p>
<p>Personalmente, creo que ha llegado el día de que El País entienda que sus lectores envejecen día a día, mes a mes, y llegará un día en el que se les mueran todos y sólo queden los hijos de Cebrián, el infausto avión privado y una cantidad indeterminada de dinero en cuentas más o menos grisáceas.  Y no, no estoy reivindicando aquí que Unidad Editorial y El Mundo sean un referente ético (De <i>La Razón </i> y ABC ni hablamos) pero sí digo que los referentes éticos de El País están muertos hace mucho tiempo y, mientras no los resuciten, servidor, ni pincha en sus enlaces, ni se lee las viñetas de Forges. ¡Y mira que las echo de menos, hostias!</p>
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		<title>No hay Dolor ¿O sí?</title>
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		<pubDate>Mon, 13 Jun 2016 11:00:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<category><![CDATA[Crohn]]></category>
		<category><![CDATA[dolor]]></category>
		<category><![CDATA[enfermedad de Crohn]]></category>
		<category><![CDATA[Enfermedad Inflamatoria Intestinal]]></category>
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		<description><![CDATA[Mi enfermedad de Crohn no duele demasiado o por lo meno [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Mi enfermedad de Crohn no duele demasiado o por lo menos, no lo hace muy a menudo. Lo que sí es cierto es que, cuando duele, llega a dejarme tirado en la cama con escasa capacidad para moverme, interactuar con otros seres vivos y no digamos ya trabajar.</p>
<p>Habituado a bregar con la diarrea de mil y una maneras y a seguir con mi vida con relativa normalidad con la ayuda de toallitas y un litro de Aquarius, cuando el brote llega al punto de “doler”, me suele sorprender porque ni yo mismo recuerdo lo doloroso que resulta. Y es muy curioso porque, cuando eso pasa, te das cuenta del problema tan jodido que tenemos en esta sociedad con el dolor.</p>
<p>“Hay que aguantar el dolor” “No hay dolor” etc.</p>
<p>El dolor es un fenómeno altamente subjetivo y unos tenemos mayor o menor tolerancia a él. A mí, por ejemplo, me duelen “poco” otras cosas que a mucha gente le resultan insoportables como inyecciones, que me cojan vías, el dentista… pero recuerdo como extremadamente dolorosa una lesión del tendón supraespinoso que hizo que, hace cuatro años, me cogiese mi primera baja laboral de quince días.</p>
<p>Todo esto a nuestra sociedad le da lo mismo. Si anuncias que “te duele”, automáticamente, alguien te pregunta si tienes algún síntoma adicional: ¿fiebre? ¿diarrea? ¿sangras? Y no, no me refiero al médico –el médico hace muy bien en preguntarte por síntomas adicionales, es su trabajo– sino a tu compañero, a tu jefe, a un amigo.</p>
<p>Si uno le echa un vistazo a la lista de “cuadros incapacitantes” que recoge nuestra bendita Seguridad Social descubre de un rápido vistazo que el dolor nunca incapacita si no va acompañado de algo más. Si te amputan una mano, hay treinta cuadros a los que remitirse para determinar qué porcentaje de incapacidad se te reconocerá pero, como tengas un nervio pinzado, más te vale que lo acredite claramente una prueba diagnóstica o no habrá incapacidad que valga.</p>
<p>Al reflexionar sobre estas cosas, se da cuenta además, de que las mujeres sufren este problema elevado al cubo. Todos hemos tenido compañeras que han sufrido menstruaciones dolorosas y todos hemos visto a alguien –hombre o mujer–  poner cara de “ya será menos” cuando una mujer anuncia que no sale, que no trabaja, que no queda “porque la regla la está matando”.</p>
<p>De hecho, las enfermedades tradicionalmente ligadas al dolor –la fibromialgia y el síndrome de fatiga crónica– son dos enfermedades que afectan a más mujeres que hombres. ¿Será que el dolor se ha asociado siempre como una cosa “femenina” y por eso hemos aprendido tan mal a gestionarlo (en nosotros y en los demás)? ¿Será ésta otra de las zarpas del famoso “heteropatriarcado dominante”? La verdad es que el día que la medicina pueda objetivar el dolor (o aproximarse a ello) y como sociedad dejemos de repetir estúpidos mantras sadomasoquistas, daremos un paso de gigante para merecernos el término “humanidad”.</p>
<p><i>Aclaración: Este post no pretende ofrecer datos científicos relevantes sobre la Enfermedad de Crohn y sus tratamientos. Aquí sólo reflejo mis experiencias particulares que, como tales, son absolutamente subjetivas y no extrapolables. Si buscas datos científicos acude a tu médico, a la web de la AEMPS o a la ACCU, nunca a blogs de otros pacientes. </i></p>
<p>&nbsp;</p>
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		<title>La incertidumbre</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jun 2016 10:56:36 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Cuando tenía 16 años, al estudiar COU,  me fascinó desc [&#8230;]]]></description>
				<content:encoded><![CDATA[<p>Cuando tenía 16 años, al estudiar COU,  me fascinó descubrir a Hume y su visión de las <i>creencias</i>. Según su sistema filosófico, los humanos vivíamos asumiendo que determinados acontecimientos iban a producirse por la fuerza de la <i>costumbre</i>. Asumíamos que el sol iba a salir cada mañana por el horizonte pero, en realidad, el ser humano medio, no tiene forma de saber si va a ser así o una horrible catástrofe estelar va a poner fin a la vida del Sol (y de nuestras vidas, claro) a lo largo de las próximas horas.</p>
<p>Desde que soy enfermo crónico, una de las cosas con las que he tenido que aprender a convivir es con un sistema de <i>creencias</i> más reducido que el que tenía antes. Cuando eres un “chico sano”, <i>crees</i> que te podrás ir de vacaciones en septiembre porque “¿qué podría pasar que te lo impidiera?”. Una vez que eres enfermo crónico, siempre hay una respuesta posible a esa pregunta que te ronda la cabeza y eso, necesariamente, introduce algo de incertidumbre en tu vida. Al fin y al cabo, yo llevo una “enana marrón” dentro del intestino y sus ciclos de explosión/implosión son un poco más rápidos que los de nuestro querido y benigno Sistema Solar.</p>
<p>A los humanos no nos gusta la incertidumbre y, aún a riesgo de generalizar, a los españoles nos gusta menos aún. La idea de la “estabilidad” es algo que nos gusta y seguramente esa preferencia tenga unas bases biológicas razonables ya que, en situaciones estables consumimos menos energía, nos estresamos menos y nuestro cuerpo funciona mejor.</p>
<p>Al enfermo de Crohn, sin embargo, nada más diagnosticarle la enfermedad le asalta una pregunta terrible “¿Y ahora qué?” que, aún con la ayuda de los médicos, queda siempre a medio responder y que sólo con la rutina y la medicación va volviendo a “su sitio”.</p>
<p>Esta incertidumbre, además, va creciendo con la edad porque, poco a poco, vas percibiendo que tu enfermedad se hace un poco más “cabrona”, un poco más “agresiva”. Donde antes te molestaba cada 6 o 7 años, ahora te molesta en ciclos de 2 años o, a veces, cada pocos meses.</p>
<p>Y aquí llega la paradoja. Las enfermedades autoinmunes como el Crohn presentan una relación –no muy clara pero parece que algo hay– con el estrés y la incertidumbre, claro, genera estrés. Dicho de otra forma, o aprendes a gestionar la incertidumbre sin estresarte, o la propia incertidumbre aumenta las posibilidades de que te salgan tres seises seguidos, te dé un brote y te toque volver a la casilla de salida.</p>
<p>¿Mola, verdad?</p>
<p>Un enfoque posible es “olvidar” la propia condición de enfermo y decidir que “ya tocará lo que toque”. Estoy seguro de que hay gente con esta admirable (y envidiable) capacidad pero a mí me cuesta bastante. Soy tirando a cabezón (en volumen y en personalidad) y no se me da demasiado bien ignorar información que ya he procesado. Por eso nunca me ha dado por fumar, por conducir después de beber ni por comerme doce choricitos picantes estando en pleno brote.</p>
<p>En mi caso, lo que he descubierto que funciona es tratar de combatir cualquier tipo de profecía –“verás cómo me da un brote”– con argumentos razonables. Tanto más razonables cuanto más exagerada y desproporcionada sea la profecía –“ya está, el año que viene con ileostomía, fijo”.</p>
<p>Pero, sobre todo, mi estrategia ha pasado por asumir que esa incertidumbre forma parte de mi vida, no tengo más remedio que adaptarme a ella y que, bien llevada, me ayuda a sobrellevar otras incertidumbres que también pueblan mi vida –catorce años de trabajador autónomo también dan para muchas incertidumbres como si algún día te pagará esa escuela morosa para la que dejaste de trabajar hace dos años–  y tratar de diseñarme una vida en la que una pequeña Tormenta Solar achicharre como mucho un par de satélites pero no me descojone las órbitas y los planetas, que ya tiene uno casi cuarenta años y no está para ponerse a hacer bricolaje interior.</p>
<p>Pero, por encima de todo, lo que más me ha ayudado ha sido darme cuenta, recientemente además, de que los humanos somos muy malos prediciendo el futuro. Cuando me diagnosticaron la enfermedad, hace casi 20 años, lo que yo imaginé que iba a ser mi vida a los 40 es mucho peor que la vida que llevo ahora mismo. Por eso, cada vez que me asalta un pensamiento improductivo sobre mi futuro, mi salud o imagino trozos de mi intestino enmarcados en la consulta de un prestigioso cirujano, tiro por el camino de en medio y me repito a mí mismo: “Te equivocaste antes y te estás volviendo a equivocar. Si quieres acertar el futuro, haz quinielas pero deja a tu enfermedad en paz”.</p>
<p><i>Aclaración: Este post no pretende ofrecer datos científicos relevantes sobre la Enfermedad de Crohn y sus tratamientos. Aquí sólo reflejo mis experiencias particulares que, como tales, son absolutamente subjetivas y no extrapolables. Si buscas datos científicos acude a tu médico, a la web de la AEMPS o a la ACCU, nunca a blogs de otros pacientes. </i></p>
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